Imposible de repetir

Es completamente imposible vivir el segundo hijo como el primero. Todo llega más deprisa y con más sorpresas. A pesar de haber vivido el primer año con mi otro hijo, cada cambio, cada novedad me pilla desapercibido. Porque cuando sólo tenía un hijo todo giraba en torno a él, mientras que ahora soy yo quien va girando en torno a las semanas, a los días, a las noches con cuentos de papel y cuentos hablados. Entre medias siempre está ella, Cándela, esperándome en silencio en el sofá en su hamaquita, y de repente, mientras muerdo la tostada, siento un ruido. ¿Qué será? Miro al lado y resulta que es mi hija, y que lleva allí sentada un rato mirándome.

No deja de extrañarme la cantidad de ojos que me miran cuando me paseo por mi casa. Y lo más increíble, es que esto no acaba más que comenzar.

Por lo pronto he de volver a escribir el cómo se siente ser papa por segunda vez, con retraso, con Candela ya cumpliendo casi sus ocho meses. Tarde. Lo que estoy aprendiendo últimamente es que las cosas aunque sean un poco tarde se tienen que hacer igual. Quizás a Candela no la lleve a un festival de cine infantil recién cumplidos sus dos años, pero si que la llevaré probablemente antes de sus cuatro años. Iremos apurando los letreros y volviendo atrás marcha atrás para irnos agarrando a la vida como padres.

Me sigue sorprendiendo lo mucho que los quiero y lo poco y lo mucho que importa todo lo demás. Ellos lo primero. Pero lo demás también importa, para seguir siendo yo, para que aunque me llamen papá, yo en el fondo siga siendo Joaquín, siga creciendo con ellos.

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Quiero ganar menos dinero

 

Evito ante todo, que nadie me mire a los ojos por la mañana, deben de gastarse las miradas, porque cada mañana, desde que trabajo de lunes a viernes, observo como nadie se mira y como solo cuento con un segundo exacto para poder mirar a la persona que se me sienta delante. Probablemente un segundo ya sea un exceso y con varias décimas tendríamos que tener suficiente.

Es difícil aceptar cada mañana que a pesar de estar vivos un día más, a pesar de tener hijos preciosos, una mujer preciosa y una bicicleta de ciudad tenemos que aceptar que este tiempo no es nuestro. Desde las ocho de la mañana hasta casi las seis de la tarde mi tiempo es de una escuela en la que trato de enseñar a niños de cinco años. En mi casa me espera entonces uno de tres y otra de cuatro meses.

A los que nos esperan en casa nos cuesta mucho ir a trabajar y seguramente a los que no les espera nadie, también , preferimos permanecer en silencio en el tren, que no nos miren, que no nos toquen, que no nos saluden, que nos dejen en paz. En cuanto lleguemos al trabajo tendremos que sonreír, que dar los buenos días, pretender que hemos dormido mejor que nunca, que estamos agradecidos de trabajar y ganar dinero. Y aunque podamos estarlo, aunque nos encante nuestro trabajo, aunque amemos a nuestros alumnos, si nos preguntan, casi siempre, en el fondo del alma y no tan al fondo, querremos quedarnos en casa, a solas o con los nuestros.

Hay personas que salen antes de trabajar y otras que salen más tarde. En mi ciudad, salir a las cinco y llegar a las 6 de la tarde se considera un auténtico lujo. Seré un ingrato o un inconsciente, pero yo, preferiría llegar mucho antes, haber pensado mejor el trabajo que me permitiría trabajar menos horas. Algún día aprenderé a necesitar menos dinero, y con menos dinero ganar más tiempo. Una buena media jornada con un móvil que tenga menos ram, con una cámara peor. Una tele que no sea la mejor del año, una bici con ruedas y sin aluminio, unas vacaciones con menos estrellas y más sonrisas, un avión con más ojeras, un tren que viaje de noche, un país lejano con otras lenguas, un cine los miércoles y sin palomitas, un agua mineral que no sea de bezoya, un secador que no tenga poderes infrarojos. Aceptar que lo imperfecto nos regalará tiempo, tiempo para gastar con las personas que nos permiten mirarles a los ojos los segundos que nos apetezcan, con las que un solo segundo no nos de ni para empezar, personas que no nos molestan si nos tocan, si nos hablan por la mañana, si se sientan frente a nosotros y nos miran.

Candela

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Tenía que haber hablado antes de ti, tendría que haber pensado en ti cazando olas, buscando respuestas entre la sal que se queda y el agua que se derrite. Sabía que nada iba a volver  a ser lo mismo y sin embargo no era capaz de aceptar que todo estaba cambiando. Que iba a volver a ser padre, que ibas a nacer y que en mis sueños no estabas ocupando el tiempo que merecías. Solo pensaba en el tiempo, en el fin de semana, en los días sin cine, en el tiempo sin partidas de padel. Me entró la crisis de los treinta y me olvidé de hablar contigo antes de que nacieras. Y claro, ahora que llevas ya un mes con nosotros, ocurren cosas cada día y siento que voy tarde, que llego tarde a hablar contigo.

Hemos nacido casi el mismo día del año, sólo que tú, mucho más lista y más hermosa, te has saltado el número trece de la mala suerte, decidiendo seguir mis pasos con más cautela, has nacido un día antes, un doce, que es un número mucho más entero, más bonito y menos supersticioso. Te agradezco que no me robases el día de mi cumpleaños, el día en el que los adultos tenemos permiso para ilusionarnos por soplar unas velas, en las que podemos volver a ser niños si nos dejan. El doce celebraremos que naciste y conseguiste que nuestra familia creciera y que nuestro hijo Bruno a parte de ser el mejor hijo se convirtiera en potencia en el mejor hermano. El trece celebraremos mi cumpleaños, que se olviden los que piensen que vamos a unir las fiestas porque caen muy cerca. Poco saben ellos de lo importante que es celebrar las vidas que nos unen de manera separada. Cada foto en su marco, cada marco en la pared, potente, creciente y valiente. Será un engorro, quizás vengan menos personas, pero se hará porque así podemos decidirlo. Porque cada familia puede marcar sus propias normas y tradiciones porque si nos da la gana podemos comer “lacasitos” en noche vieja como hacíamos con mi madre, porque si nos apetece podemos celebrar tradiciones catalanes y mezclarlas con andaluzas, porque improvisar el modo en que nos vamos a querer y el modelo en que creceremos como familia es un derecho propio que nos pertenece.

Candela, presiento que contigo, comienzo una nueva era. Una era sutil, una era para recoger los frutos de todas las noches en vela, de crecer sin saber hacia donde está la ventana. Tú eres la paz en mi vida aunque te empeñes en llorar de once a dos de la madrugada. Tú, que agrandas el círculo consigues que aun quiera más a tu hermano y a tu mamá. Y sobretodo consigues con esa pureza tan fina que en un reloj de arena tardaría milésimas en deslizarse, consigues que sea más tierno conmigo, que me cuide más, que vaya al gimnasio y me monte en la bici, que coma sin azúcar y tome té en lugar de café. Eres como un espejo diminuto pero con un reflejo gigante que me dice: Joder Joaquín, que está es tu vida, que la disfrutes de una puta vez, que cojas el pájaro al vuelo, el toro por los cuernos y hagas todo, absolutamente todo, aquello, que QUIERAS hacer.

 

No tiene pelo

Mi hijo divide la raza humana en dos mitades: los que “tiene pelo” y los “no tiene pelo”. Poco más. Es incapaz de controlarse cada vez que se encuentra con una persona con barba. Lo señala, y si puede se acerca y le toca la barba. Las pocas veces que me he afeitado me ha mirado con mucha pena. Echando de menos ese tacto, esa dicotomía en la que él no tiene pelos en la cara y yo si que los tengo. Y eso que siempre he sido barbilampiño y que apenas me crecen poco más que unos pelos rubios y muy finos. Por tanto he decidido complacerlo y ganarme esos años de más una buena temporada. Se trata de una perilla mal contada, no puede llamarse barba, y sea como sea él solo la llama “tiene pelo” con voz de “acabo de encontrar un tesoro más”. Mi hijo encuentra tesoros todos los días. Se sorprende mil veces con lo mismo. Echa de menos el mismo tractor en la misma esquina durante meses.

Estas han sido sus primeras navidades de verdad, conscientes, con sus dos años y dos meses, con su papá Noel y sus reyes magos. Vinieran del polo norte o de oriente todos traían regalitos y todos eran bienvenidos. Con dos años ya ha desarrollado la capacidad de abrir un regalo tras otro sin apenas mantener la atención en su contenido más de 10 segundos. Ha aprendido ya que si abre el regalo y se trata “solo” de un cuento puede enfadarse y demostrar su completa decepción.

¿Cómo podemos controlar este torrente de regalos?

Algo se ha de hacer. Pero hacer hacer no hemos hecho nada. Nos hemos dejado llevar por el espíritu de la coca cola y a nosotros tanto como a él nos encantaba verlo abriendo un regalo tras otro, con la esperanza de que con el tiempo irá conociendo esos regalos a los que no prestaba atención y que más adelante los irá descubriendo poco a poco.

Pero es que es tan bonito el sonido del papel mientras se parte.

El vale perfecto

Entrar significa que vas a dejar de mirar el reloj. Son lugares en los que no suele haber música de fondo, en los que las personas suelen guardar silencio, donde cuando se habla se hace en voz baja. Todo está muy ordenado, recto, y me siento en casa cada vez que me paseo por una de ellas. Hablo de las librerías pequeñas o grandes. Llenas de libros limpios sin estrenar, que huelen a libros, con tactos de papel. Prometen convertir tu tiempo libre en tiempo bien aprovechado, en tiempo de paz. Ofrecen la posibilidad de dar a tu cabeza otros argumentos distintos a los propios para pensar. Nos permiten aparcar nuestros malentendidos, nuestras historias y quedarnos a solas con nosotros mismos. Especialmente para mí las novelas son como un mapa de coordinadas que nos van activando partes íntimas que sin ayuda quedan dormidas. Leer es como verse sometido a un tratamiento de acupuntura que conecta nuestros caminos invisibles y los hace visibles.

Pero para leer hace falta tiempo y hace falta ser generoso. Hace falta que nos demos cuenta que pensar una y otra vez en todo aquello que nos preocupa de un modo casi siempre obsesivo no es lo más importante. Que ver un capítulo tras otro no es algo que estemos obligados a hacer todos los días, que podemos dejar de centrar toda nuestra atención en nuestras quejas y mirarnos a través del lenguaje de otra persona.

Tal y como en la vida hemos de elegir muy buen nuestras amistades también hemos de aprovechar los paseos por las librerías y saber que escritor, que lenguaje es el que realmente necesitamos en cada momento. Quizás ahora que me voy acercando a mis treinta sería buena idea volver a leer autores que supuestamente me marcaron mucho en mi adolescencia, ver si de verdad era tan importante. O he de leer varios principios y decidirme por un autor novel, o por alguien que nunca haya oído hablar, o dejar atrás la novela fantástica y buscar a alguien que como yo trate de describir la vida tal y como la viva, desgraciadamente sin dragones, sin elfos y sin naves espaciales.

He recibido un regalo, un vale para gastar en una buena librería, es perfecto, ya que no puede usarse en un supermercado, ni es útil para ser transformado en línea de crédito. Solo sirve para ser intercambiado por un libro justo cuando me quedan 50 páginas para terminar el libro con el que llevo muchos autobuses y muchos cafés.

Busco un libro que me contagie de literatura, que se eleve por encima de los pensamientos pesados y cargantes, que evite que me centre en rutinas laborales fuera de la jornada laboral. Quiero un libro que me invite a que lo imite, que me guiñe el ojo y me incite a coger el teclado e imitar escenas, crear personajes, devolver el favor de estar vivo haciendo lo que más me importa. Quiero un libro que me de muchísima envidia, que retenga, que me haga querer repetir un párrafo, que me obligue a coger un lápiz y subrayar. Quiero un libro que me recuerde que nacemos para no dejar de aprender, y que no dejar de aprender no es una frase más, una frase hecha aunque la mayoría del tiempo sí lo sea.

Mañana os digo por qué libro y autor me he decidido. Sé que pido demasiado, y para todo lo que quiero en un libro, no me bastará uno solo, ni me bastará solo leer, quizás tenga que hacer algunas otras cosas. Para empezar voy a ver si mañana y pasado consigo levantarme aún más temprano.

 

Fotos de niño

Siempre me ha gustado mirar fotos de cuando éramos pequeños. Mirar lo rubio que era y lo feliz que aparecía en todas las fotos. Cuando somos pequeños lo somos en grupo, imagino mi niñez con mi hermana Cynthia y a mis primos, imagino a niños que lo eran conmigo, imaginar adultos en tu niñez es mucho más difícil, supongo que porque eran mucho más altos.

Cuando nos hacemos mayores la imagen ya no es la misma. La inocencia se comparte, la madurez es más íntima, más solitaria. Miro fotos de cuando era pequeño y no me entristecen, me da tranquilidad el saber que en mí hubo tanta paz, tanta serenidad mientras mi universo iba de hormiga a hormiga, del césped a la casa, de la casa a los dibujitos y de puntillas con mi hermana a descubrir secretos, rebuscar armarios y conceder deseos. Nos concedíamos deseos el uno al otro, nos poníamos normas, nos buscábamos literalmente las cosquillas.

Ahora me ocurre algo por completo diferente cuando miro las fotos de Bruno de cuando era aún más pequeño. Ahora ya ha pasado los dos años y sigue siendo rubio, aunque un poco menos. Sigue igual o más guapo, pero, si miro las fotos es evidente que no para de crecer, de cambiar, aun cabe en mi abrazo pero ya no en un solo brazo, ahora pesa más quilos, habla, canta y sigue riéndose. Miro las fotos de cuando era bebé y el sentimiento es otro.

Siento tristeza, no quiero que crezca y ya no quepa entre mis brazos. Siento orgullo porque ya no los necesita todo el tiempo. Siento miedo, porque lo que crece deja detrás unas formas, unas miradas, unos balanceos que desaparecen para siempre. Porque lo que fue antes de crecer ya solo existirá dentro de mí en las fotos. Siento anhelo porque no puedo elegir y quedarme con ninguna de las versiones de mi hijo. No podría elegir entre el tercer mes y el octavo, ni el primer año ni el mes catorce. De hecho, creo que los quiero todos a la vez. No quiero dejar atrás ninguno.

Hago muchísimas fotos con la esperanza vacía de que mirar esas fotos en el futuro traerá parte de las sensaciones que he vivido. Sé que no será así, que nada trae de vuelta lo vivido pero quizás algo me equivoque y cuando tenga ochenta años, esas fotos junto a mis nubes, sean, sin dudarlo, mis imágenes favoritas. Y por supuesto hago fotos como todos, para enviárselas a la abuela, que está en otra ciudad y no ve a su nieto lo que quisiera. Para su madre que no se cansa de él casi nunca y le gusta volver a ver lo vivido antes de irse a dormir.

Madrugar sin periódico

Busco la paz

Sin google

Sin alerta

Sin notificaciones.

Busco la paz cuando madrugo

Y no leo el periódico.

Busco la paz y no me olvido

Del silencio que necesito

Cuando estoy dentro.

No es un molino,

Es lo contrario de un molino,

Un edificio sin viento

Un aspa perezosa.

No busco el viento

Ni su inercia.

Quiero saber hacia donde

Se mueve mi silencio

Cuando no sople nada

Y el pensar no pese.

Joaquín Sánchez

7 Septiembre 2015

Piensa (aquí el silencio) Antes de hablar

En el instituto hubo más de un profesor que me repitió el mismo mensaje. Si lo hubiera seguido mi vida hubiera sido mucho más sencilla, más fácil y con mucho menos dolor de cabeza. Este mensaje no solo lo oí de mis profesores, también de mis padres por separado. Por activa y por pasiva es algo que oímos constantemente y de tanto que lo oímos vamos dándole menos y menos importancia, hasta llegar activamente a ignorarlo. Muy sencillo: PIENSA DOS VECES ANTES DE DECIRLO o PIENSA ANTES DE ACTUAR o POR FAVOR PIENSA ANTES DE HABLAR. Son consejos con muchas variantes y que a menudo incluye un pequeño silencio después de “Piensa” (aquí el silencio) “antes de hablar”. Ese silencio suele significa por favor Imbécil piensa antes de hablar.

En general, todos intentamos controlarnos y no decir lo primero que se nos viene a la cabeza, al menos eso es lo que hacemos con desconocidos y eso es lo que hacíamos la primera vez que conocimos a nuestra pareja, nuestra esposa o futura esposa, nuestra promesa o nuestra enamorada en el aire. Es evidente que la honestidad no puede significar reproducir nuestros pensamientos tal cual nos salen, ya que, con las prisas y la televisión a menudo nos salen bastante enfadados, desagradables e inadecuados. La honestidad tiene que ser otra cosa, ha de haber un filtro.

El problema comienza cuando le decimos a nuestra mujer, los que estamos casados, que nos molesta como mueve la cuchara del cola cao o que al arroz que está muy bueno seguramente le faltaba una pizca de algo, posiblemente de sal, pero que gracias que estaba muy rico. La pregunta que hemos de hacernos es la siguiente: ¿Les hubiéramos dicho lo de la cuchara, mencionado la sal el día que nos conocimos? Si la respuesta es que no, quizás sería mejor pensar un par de veces y callarnos bien la boca.

Callarse la boca significa no mencionar la sal durante toda la cena, hasta que no queda comida, hasta que la película haya terminado, hasta que nos hayamos ido a dormir, hasta que haya pasado un mes, un año y quinientas semanas. Callarse la boca no es callarse y acabar con la coletilla en los postres y soltar un “que rico que está este postre pero al arroz le faltaba un poco de sal, amor mío”. Si encima añadimos un amor mío hemos de tener claro, que posicionado tras una crítica y exactamente a final de una frase quiere decir algo así como “niña pequeña dulce que no te enteras de nada”

Pensando en todo esto se me ha ocurrido que alguien debiera montar un restaurante para matrimonios que lleven juntos un mínimo de un año. La idea es que en este restaurante todas las conversaciones quedan grabadas aleatoriamente en algunas de las mesas. No en todas, para mantener la intriga, pero nadie sabe cuáles son las mesas con micrófonos ocultos y cuál de las parejas está siendo estudiada por un psicólogo matrimonial que sabrá leer entre líneas, entre tono y tono y tiro porque me toca. El espía anotará las faltas y pondrá penalizaciones.

El objetivo es que en este restaurante los matrimonios han de hablarse con respeto, han de intentar recordar el respeto que se tenían al principio de conocerse y mantener ese cuidado. En ningún momento ninguno de los dos puede hablar por el otro, o dar por sentado que conoce perfectamente lo que su pareja le va a responder en cada instante. Si así fuera, mejor no hablar. ¿No? Otro objetivo será el de tratar de conversar sin llevarse unilateralmente la contraria, si no se está de acuerdo en algo banal lo mejor será que los participantes oculten dicho desacuerdo, y si de corazón desean debatir un tema lo han de conseguir hacer sin condescendencia y manteniendo el tono con el que hablaríamos a alguien a quien queremos pero también con el respeto con el que hablamos a un desconocido imponente. Tampoco podemos mirar de reojo, ni está aceptada el uso de la ironía. No se puede decir una cosa que significa otra, tendremos que hablar claro, sin dobles sentidos constates, sin puntillas ni puntillitas. Se puede estar en completo silencio cuando a falta de insultos las parejas no sepan que decirse, concentrarse en esos momentos en la comida, que será deliciosa, y poco a poco tratar de encontrar una llave, un motor de arranque para decir algo sin faltar al otro, ni siquiera ligeramente.

Los que no cumplan y cometan pequeñas faltas, pequeñas salidas de tono, protestas sin importancia que no vienen al cuento, los que olviden decirles a sus mujeres que están guapas o a sus maridos que les sienta muy bien la camisa. Todos ellos pagarán extra por la comida, bastante extra. Por otro lado si la pareja se olvida de donde está y comienza a dejarse llevar por viejos hábitos y comete faltas de respeto grave, venga de una o ambas partes, tendrán que abandonar el restaurante, serán literalmente expulsados por malas parejas, por no saber cuidarse y pagarán el triple de un menú degustación. Por tanto el riesgo es alto y sería una experiencia recomendable solo para esas parejas casadas que están tocando fondo y que se han dado cuenta que algo han de cambiar, que quieren practicar en un ambiente formal, en público, en una mesa de dos, con micros ocultos.

Por último cuando lleguen los postres recibirán una nota diciéndoles si han sido o no han sido grabados y en tal caso acabado los postres se les invitará a una copa de cava con el especialista matrimonial en otra mesa reservada donde recibirán una puntuación objetiva, comentarios sobre lo que el especialista ha podido oír y ver en las cámaras instaladas por todo el restaurante. Aquí se hablará de matices, ya que los que han mostrado problemas serios de comunicación ya habrán sido expulsados.

El número de intentos es ilimitado, no importa cuántas veces te echen del local siempre podrás volver a intentarlo, a enfrentarte a tu habilidad de no saber pensar antes de hablar, de ser demasiado hombre o demasiado mujer, de no valorar lo que se tiene delante.

Mientras tanto no estaría del todo mal practicar en casa esta noche, contenerte con la sal y sobretodo Pensar dos veces antes de hablar, sentir antes de hablar, pero hablar, hablar al fin y al cabo.

Un último detalle, el nombre del restaurante sería: La eterna primera cita.

Joaquín Sánchez Guerrero

Inocencia vacacional

Sabemos que cuando tenga que ser, será.

Que sea ya, que sea ya, que sea ya

Y si buscas demasiado no lo encuentras

Donde, donde, donde lo tengo.

Lo más divertido de mi paciencia

Es toda la impaciencia que acumulo cuando la practico

Como salgo disparado

Del cojín para meditar.

Como todo el silencio se me acaba hablando.

Soy tan incongruente en vacaciones

Que me tengo que reír diez veces

Por los diez días seguidos

En los que iba a levantarme

A las siete de la mañana.

Y en las próximas vacaciones

Volveré a planear rutinas,

Me levantaré a las seis en mi cabeza

Correré siete kilómetros diarios

Y al mismo tiempo

Escribiré un par de novelas.

Y volveré a descojonarme de mis planes,

De mis promesas a partir de las dos doces

Del mediodía y de la noche

Ese punto en el que uno sabe, hoy no fue

Pero mañana sí.

Mi mujer aún me sigue el juego

“claro que sí, Joaquín, mañana, mañana”.

Sabe que no, intuye que no,

Pero no me lo dice.

Ella deja intacta

Mi inocencia vacacional

Y espera con paciencia

A que vuelva Septiembre.

30 Agosto 2015

Joaquín Sánchez Guerrero

¿Cuántas puertas necesitas?

Cuando vamos al cine entramos por una puerta para gigantes, con varias alfombras rojas, luces de colores, personas entusiasmadas esperando a comprar su entrada, olor a palomitas recién hechas. Los cines nos dan la bienvenida hasta que nos toca pagar y nos desangran la cartera. Vemos la película, esperanzados de que nos encante por el pastizal que nos acabamos de dejar y entonces llega ese momento al que jamás nos acostumbraremos. Nos hacen salir por una puerta escondida detrás de la pantalla y nos llevan directamente a la calle, siempre a un callejón pequeño, preferiblemente meado y donde el cambio de temperatura, ya sea frío o calor roce los veinte grados. Te quedas un poco fuera de sentido y oyes esa voz que dice:

  • Ya has pagado ¿no?, ¿ha acabado la película? pues ya puedes irte a tu casa.

Por qué los arquitectos no nos mandan a una cafetería del cine donde podamos hablar un poco de la película, discutir si nos ha gustado o no, comentar los mejores y peores momentos. Supongo que no querrán que veamos las caras de los asistentes y nos arrepintamos y queramos cambiar de película, o que alguien nos cuente el final. O quizás lo que quieren es reírse un poco de nosotros y todos los arquitectos se han puesto de acuerdo al menos en España para lanzarnos fuera.

Sin embargo hay otro lugar en el que debería ser obligatorio la existencia de dos puertas y que no lo es, generación tras generación seguimos cometiendo el mismo error en los lugares públicos. La situación es la siguiente. Estas esperando ansiosamente para entrar, llevas ya casi cinco minutos esperando, por lo que puedes imaginarte con exceso de detalles lo que la otra persona está haciendo dentro. Finalmente oyes el sonido de la puerta y sale un hombre que te mira como pidiendo que lo perdones, una mirada rápida pero suficiente para que no te quepa ninguna duda de que la persona que acaba de salir ha dejado el cuarto de baño apestado y que acaba de realizar dos de los actos que nos unen a todos por igual. Ha cagado y ha meado y todo huele, todo huele aunque tires dos veces de la cadena.

Así que entras y recuerdas la cara de ese hombre al que inevitablemente odias y desprecias ligeramente, tratas de respirar por la nariz, para que las partículas flotantes no se te queden pegadas a la boca y que todos esos pelos que tenemos en la nariz por fin tengan un poco de sentido y retengan todo lo posible.

Entonces me pregunto: ¿A alguien le gusta encontrarse con otra persona en la puerta del baño? Todos cruzamos los dedos para que esté vacío o tratamos de mirar a otra parte cuando vemos al anterior usuario. Es una situación muy incómoda que se evitaría fácilmente. Solo tendríamos que coger las puertas traseras de los cines y ponerlas en todos los lavabos públicos de modo que siempre hubiera una puerta de entrada y otra de salida y que nunca tuviéramos que cruzar la mirada con el responsable de ese olorcillo, del que para colmo sospechamos que casi seguro no se ha lavado las manos y lo veremos cómo sigue tomándose su café con tostadas, su bocadillo de queso.

Sería maravilloso llegar a una puerta con un dispositivo electrónico que se abre cuando la otra persona haya salido por la otra puerta. Hubiéramos preferido vivir en la ignorancia y no recordar que en este mundo, todos, inevitablemente, hacemos nuestras necesidades cagando.